Solté el aire.


De repente, de un momento para otro, me di cuenta de que ya no estaba llorando. De hecho, había dejado de llorar en mitad de un sollozo. Me había quedado totalmente vacía de sufrimiento, como si me lo hubieran aspirado. Levanté la frente del suelo y me quedé ahí sentada, sorprendida y casi esperando encontrarme ante el Gran Ser que se había llevado mis lágrimas. Pero no había nadie. Estaba yo sola. Aunque no estaba sola del todo. Me rodeaba algo que sólo puedo describir como una bolsa de silencio, un silencio tan extraordinario que no me atrevía a soltar aire por la boca. Estaba completamente invadida por la quietud. Creo que en mi vida había sentido semejante quietud ...
Entonces oí una voz. No era una voz hueca, ni una voz de esas que te dicen algo extraordinario. Era mi propia voz, ni más ni menos, hablándome desde adentro. Pero era una versión de mi propia voz que yo no había oído nunca. Era mi voz, pero absolutamente sabia, tranquila y compasiva. Era como sonaría mi voz si yo hubiera logrado experimentar el amor y la seguridad alguna vez en mi vida. ¿Cómo podría describir el tono cariñoso de aquella voz que me dio la respuesta que sellaría para siempre mi fe en la divinidad? La voz dijo: Vuelve a la calma, Lau. Y solté aire...

(C.R.A)

El amor empieza cuando se rompen.

El amor empieza cuando Dios termina 
Y cuando el hombre cae, mientras las cosas, demasiado eternas, comienzan a gastarse, 
y los signos, las bocas y los signos, 
se muerden mutuamente en cualquier parte. 
El amor empieza cuando la luz se agrieta 
como un muerto disfrazado sobre la soledad irremediable. 
Porque el amor es simplemente eso: 
la forma del comienzo tercamente escondida detrás de los finales.

Las palabras se desfondan.


Las palabras se desfondan,
salvo en el hueco inasible del poema,
en su loca profecía de presente.

Sólo el silencio permite el reconocimiento.
Pero el silencio ya no existe.
Sólo existen las ruletas enajenadas
que no aciertan ya ningún número
y distraen de la cifra de la muerte.

A veces, sin embargo, el silencio renace
como un espacio que reemplaza al vuelo,
entre ciertas palabras que se olvidan del oído,
ciertos dolores que parecen amores,
ciertas caídas que ascienden no sé dónde.

Entonces el silencio rescata a las palabras
o las palabras abandonan sus traiciones
y generan nuevamente el silencio,
como el único terreno disponible
donde pueden germinar casi en la nada
las semillas que creímos imposibles.

Y si hubiese una cosecha,
aceptaríamos también que esa cosecha
la recogieran otros.